¿Por qué Lima es una de las ciudades con el aire más contaminado de Latinoamérica?

  • Sectores como el transporte y la industria, una legislación nacional permisiva que no se adapta a las recomendaciones de la OMS y factores geográficos son los responsables. ¿Cómo afecta esta situación a la salud de miles de personas? ¿Qué podemos hacer?

martes

20 de octubre, 2026

Foto: La República

Escribe: Diego Pajares

 

En diversas ocasiones, Lima se ha colocado en el podio de las capitales con el aire más contaminado de Latinoamérica. Con frecuencia, este “logro” es compartido con ciudades como Bogotá, Santiago y Ciudad de México.

Entre las principales causas de la contaminación atmosférica, según Naciones Unidas, se encuentra el sector transporte, que representa la cuarta parte de la contaminación a nivel mundial (en Lima y Callao, el 58 %). Sin embargo, también existen otros responsables como la industria, el comercio, la construcción y los mismos hogares.

Estas actividades generan emisiones de monóxido de carbono, así como dióxido de azufre, material particulado, entre otros, los cuales son perjudiciales para la salud humana si es que sobrepasan los límites permitidos. Y en Perú existe un problema adicional: la normativa nacional no está alineada a las recomendaciones globales de salud, según explica Vera Morveli, especialista de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA).

Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un máximo anual, en el aire, de 5 microgramos por metro cúbico para la partícula fina llamada PM2.5. Sin embargo, los Estándares de Calidad Ambiental (ECA) vigentes en el país -desde el 2017- determinan que la concentración sea de 25 microgramos por metro cúbico.

Esto se torna más grave cuando se analiza otros contaminantes críticos. Para el dióxido de azufre, la OMS recomienda apenas de 40 μg/m³ (40 microgramos por metro cúbico) al día, pero nuestra legislación tolera unos 250 microgramos, dejándonos rezagados frente a naciones vecinas como Chile o Colombia (150 y 50 μg/m³, respectivamente).

Si Lima ya es una de las capitales más contaminadas, es porque el Estado es uno de los más permisivos. Morveli señala que existen regulaciones pendientes para diversos metales pesados (manganeso, zinc, berilio, cobalto, cobre, mercurio, litio, molibdeno, entre otros), y también límites máximos permisibles para calderas, fabricación de ladrillos, siderúrgicas y fundiciones, actividades que se desarrollan en la misma capital.

Vera Morveli también explica que, tras el fallo histórico de La Oroya Vs. Perú, en el 2024, se constató la superación de niveles de plomo, material particulado, cadmio, dióxido de azufre, arsénico y mercurio en el aire en La Oroya por encima de los ECA aire considerados como permisibles por la regulación nacional y la OMS.

Frente a ello, agrega la especialista de la SPDA, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) exigió al Estado peruano compatibilizar la normativa que define los estándares de calidad del aire, de forma tal que los valores máximos permisibles en el aire para estos metales y material particulado no sobrepasen los máximos necesarios para la protección del medio ambiente y salud de las personas. El Estado tenía dos años para la implementación de esta medida, pero hasta ahora no lo ha hecho.

“Hasta la fecha, no se ha concretizado en una acción para nuevos ECA Aire, lo cual es un asunto urgente que debe ser atendido. Es una obligación por parte del Estado frente a lo ordenado por la Corte IDH en uno de los casos más trágicos en materia de contaminación, como el de La Oroya”, explica Morveli.

Andina

Un veneno microscópico en la sangre

Esta falta de regulación a favor de la salud de las personas tiene un “impacto directo, profundo y letal” en el cuerpo humano. Juan Villena, médico infectólogo y director del Departamento de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, advierte que millones de limeños inhalan cotidianamente un aire insalubre que deteriora progresivamente su sistema circulatorio y pulmonar.

El asesino principal y silencioso es el ya mencionado PM2.5. «Son fracciones diminutas, son tan pequeñas que no son visibles; son treinta veces más pequeñas que un cabello», advierte el especialista, ilustrando la amenaza invisible. Este tamaño le otorga una alta peligrosidad, pues le permite penetrar sin obstáculos hasta lo más profundo del pulmón y cruzar directamente hacia el torrente sanguíneo.

Una vez dentro del organismo, este cóctel compuesto por sulfatos, nitratos, polvo mineral y hollín desata una inflamación sistémica. Las consecuencias clínicas son: aumento en los episodios de asma infantil, bronquitis crónica e infecciones respiratorias recurrentes, elevación del riesgo de infartos agudos de miocardio y severos accidentes cerebrovasculares, explica Villena.

Según el especialista, más preocupante resulta descubrir su silencioso impacto neurológico a largo plazo. Estas partículas contaminantes afectan el cerebro humano, y pueden generar deterioros cognitivos severos que simulan los trágicos síntomas de la enfermedad de Alzheimer en la población adulta mayor.

«El PM2.5 no se ve, pero mata. Cada microgramo extra reduce años de vida», afirma Villena. Las frías proyecciones médicas confirman esta tragedia urbana: la constante exposición a este entorno asfixiante arrebata “entre dos y casi cinco años de esperanza de vida a nuestros ciudadanos, cobrándose lamentablemente miles de muertes prematuras anualmente”. Nuestra situación es comparable a la de grandes capitales en la región, siendo superados en el mundo solo por países altamente contaminados de Asia o África.

Microcuencas y vientos engañosos

Si las leyes nacionales nos desprotegen y la ciencia médica nos alerta del daño fisiológico, nuestra geografía termina de sellar este impacto. Darío Ccaccia, especialista en calidad del aire de la Universidad de Lima Sur, explica que en la capital ocurre un fenómeno meteorológico conocido científicamente como “inversión térmica”.

Durante las mañanas limeñas, una pesada capa de aire helado se asienta sobre nuestras calles, aprisionada por una masa de aire caliente superior que funciona como una tapa hermética. Esto impide que las emisiones tóxicas del parque automotor y de las fábricas se dispersen libremente hacia las capas superiores, reteniendo todo el veneno cerca del suelo urbano hasta que la fuerte radiación solar logra calentar el ambiente, usualmente pasado el mediodía.

Al estar Lima construida sobre un desierto frente al océano Pacífico, se añade una complejidad meteorológica “fascinante y cruel al mismo tiempo”. Los vientos predominantes, impulsados por la fría corriente de Humboldt, ingresan desde la zona sur, actuando como una inmensa escoba natural que barre diariamente la densa contaminación del centro metropolitano hacia otras zonas. Sin embargo, este aparente alivio climático acarrea un lado oscuro y perjudicial para los distritos de la periferia de Lima.

Ese viento costero empuja la polución hacia Lima Este y Lima Norte, donde la enorme masa de aire tóxico choca contra las elevaciones de la cordillera andina. Zonas densamente pobladas como Ate, San Juan de Lurigancho o Santa Anita se transforman irremediablemente en “fatales microcuencas atmosféricas”. Allí, los contaminantes quedan atrapados contra los altos cerros, acumulándose en niveles alarmantes y afectando de manera silenciosa a familias que viven rodeadas de numerosas industrias, ladrilleras contaminantes y agresivas emisiones vehiculares sin fiscalización.

Curiosamente, la contaminación suele ser entre un 30 % y un 40 % menor durante los meses de verano gracias a la mayor ventilación, pero en el duro invierno limeño la crisis sanitaria y ambiental se agudiza de manera drástica.

Debido al caso La Oroya, la Corte IDH exigió a Perú regular diversos límites máximos permisibles para metales pesados. Foto: Diego Pérez / SPDA

Hoja de ruta para recuperar el aliento vital

En el 2024, Naciones Unidas informó que, solo en el 2021, más de 8 millones de personas murieron en el mundo debido a la contaminación atmosférica. Por ello, es necesario abandonar la pasividad gubernamental y adoptar medidas técnicas, legales y sociales urgentes.

Según Vera Morveli, además de acatar las disposiciones de la Corte IDH, el Estado debe actualizar su sistema de monitoreo de calidad de aire, el cual “debería estar coordinado con las diferentes autoridades que manejan sistemas de información. La información actualizada permitirá realizar acciones de fiscalización adecuadas, con mayor celeridad y bajo la normativa ambiental”.

Entre los organismos encargados de esta articulación figuran el Ministerio del Ambiente (Minam), el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi), la Dirección General de Salud Ambiental e Inocuidad Alimentaria (Digesa) y el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA). Asimismo, la Autoridad de Transporte Urbano (ATU), que cuenta con una Red de Monitoreo de Calidad Ambiental del Aire y Ruido.

Darío Ccaccia comenta que “es necesario reestructurar completamente la red de medición del Senamhi, reubicando estratégicamente las estaciones obsoletas e integrando tecnología moderna verdaderamente confiable” para mapear el daño real en cada distrito vulnerable, evitando así los graves puntos ciegos que hoy ocultan la verdadera magnitud de nuestra asfixia metropolitana.

Aceptar un horizonte gris y tóxico como el costo del progreso urbano constituye una terrible falacia que estamos pagando carísimo con la salud irrecuperable de nuestros pulmones y corazones, concluye por su parte el doctor Juan Villena.

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