Dourojeanni Opina

[Opinión] Posibles efectos de la norma sobre bachilleres de “alta calificación” / Por Marc Dourojeanni

Foto: Agencia Andina

 Escribe Marc Dourojeanni* / Profesor emérito de la Universidad Agraria La Molina

 

No basta ser, también hay que parecer 

¿Bachilleres altamente calificados?

Seguí con mucho interés la discusión sobre la decisión del Gobierno (Decreto Supremo 021-2017-EF, de 11 de febrero de 2017) de emplear bachilleres en el mismo nivel con el que emplea profesionales titulados y colegiados para ocupar cargos que requieren “alta calificación”, provisto que tengan diez o más años de experiencia. Habiendo sido profesor y, también, empleador de profesionales altamente calificados  para cargos públicos nacionales e internacionales, me siento obligado a hacer algunas reflexiones sobre las consecuencias que tal decisión puede tener especialmente para los estudiantes y para el buen uso de los recursos naturales y el ambiente.

Para comenzar

Los términos “profesional” y  “altamente calificado” tienen varias interpretaciones. Muchos profesionales, como por ejemplo choferes, obreros en general, domésticos o mecánicos, no precisan pasar por la universidad y pueden, obviamente, ser altamente calificados. Personas que nunca pusieron un pie en la universidad pueden ser tan competentes en determinados temas como el mejor de los doctores, como de hecho ocurre con muchos jóvenes autodidactas en cuestiones de informática o muchísimos artistas, que llegan a ser intelectuales famosos. Es decir que, en principio, para ser un profesional altamente calificado e útil para participar en la gestión del Estado no importan ni el bachillerato ni el título profesional. Y, personalmente, creo que si un gobernante quiere asesorarse con una persona que no tiene grados ni títulos debería poder hacerlo.

El problema es que, de acuerdo con la realidad de la sociedad peruana, permitir eso sin restricciones se presta a toda clase de abusos. De allí los requisitos académicos y la parafernalia burocrática para la contratación de profesionales. En resumen, la discusión sobre grados y títulos se centra en garantizar razonablemente que quien entra a servir en el Estado esté realmente calificado para eso. El título es, pues, una importante garantía a más.

En este tema vale la pena recordar la diferencia que existe entre grados académicos y títulos profesionales. Y esta diferencia resulta difícil de entender pues ella no se da de la misma forma en otros países. En el Perú los grados académicos van desde el más elemental, es decir bachiller, hasta el más sofisticado, el postdoctorado, pasando por el maestro en ciencias o arte (Magister o Master) y por la gran diversidad de doctores (el muy americano PhD y otros equivalentes europeos). Los títulos profesionales, en cambio, incluyen el concepto de licencia para ejercer y se traducen en los bien conocidos títulos -ingenieros, biólogos, médicos, abogados, licenciados, etc-. En el Perú estos títulos se obtienen tradicionalmente mediante la defensa exitosa de una tesis de investigación científica o, en las últimas décadas, también mediante la presentación de un “trabajo profesional” o de un examen de suficiencia profesional. Disponiendo del título el profesional puede registrarse en su respectivo colegio profesional lo que, en teoría, es requisito para ser empleado. En EE.UU. un bachiller también puede trabajar pero lo usual para ser considerado profesional es que lo haga a partir del grado de maestro que allá, como aquí para el título profesional, requiere la previa defensa de una tesis o equivalente.

¿Cuál es la diferencia concreta entre un bachiller y un ingeniero o un abogado? ¿Existe una diferencia en la calidad o aptitud de ejercer una labor  profesional de los detentores de esos grados y/o títulos? A simple vista la única diferencia es un montón de papel bien encuadernado. Pero no es posible sostener la hipótesis de que quien más estudia y más se esfuerza no está más preparado que los demás. No hay duda que hacer una tesis, una verdadera tesis, implica aprender mucho  sobre asuntos no vistos en las aulas y aplicar conocimientos teóricos en cuestiones que pueden ser muy prácticas. Obliga a formular las preguntas ciertas y a buscar respuestas aplicando métodos científicos, que son la base de la mayor parte de las profesiones; demanda desarrollar originalidad y persistencia y, también obliga a esmerarse en el arte de la expresión escrita y oral. Las tesis son un teste de competencia.

Del mismo modo que se supone que un maestro sabe más que un bachiller y que un doctor sabe más que un maestro, es lógico asumir que un profesional titulado sepa más que un bachiller. Por eso cuanto más elevado el grado académico mejor es la posibilidad de encontrar un trabajo satisfactorio  y mayor es la remuneración. Siempre subsiste la posibilidad de que autodidactas o personas con amplia experiencia práctica, sepan tanto o más, o que sean más apropiados para determinados cargos.  No obstante, para quien busca empleo lo importante es que, además de ser, parezca ser. El título es eso mismo.

Ya los denominados trabajos y exámenes profesionales, aunque mejor que nada, no son equiparables a una tesis de grado. Son parte del proceso de degradación de la formación académica que desde hace varias décadas impera en el Perú. La decisión de aceptar, así nomás, bachilleres con diez años de experiencia como profesionales altamente calificados es perseverar en el camino errado.

Implicaciones para los estudiantes y los bachilleres

Aunque nunca estuvo prohibido que los bachilleres trabajen, inclusive para gobiernos, la nueva disposición envía el mensaje errado de que no vale la pena hacer el esfuerzo de titularse. El tiempo libre, durante la formación universitaria y durante esos diez años “ganando experiencia” será usado para cualquier cosa en lugar de en algo tan provechoso como es obtener un título. Lo que los estudiantes actuales y los bachilleres recién egresados deben recordar es que, en el mundo real, el título puede ser la diferencia entre tener que aceptar “cualquier trabajo” o escoger un empleo bueno, adecuado a su interés profesional y a su pretensión salarial. Su esfuerzo adicional será ampliamente compensado. Del mismo modo un doctor tendrá mejores opciones que un maestro y este que un profesional que solamente tiene el título.

Con frecuencia he visto, con perplejidad, jóvenes bachilleres talentosos trabajando en instituciones que ofrecen excelentes oportunidades de hacer tesis originales con el propio material de sus empleos, apenas dedicando un poco de su tiempo libre a analizar los datos de sus informes y a darles forma adecuada. Además, los medios electrónicos actuales ofrecen tanta información que, con un poco de iniciativa e imaginación, se puede hacer una tesis muy decente sin siquiera salir de casa. En esos casos, claro, los años pasan y se cumple la tal década ganando, realmente, una valiosa experiencia. Pero, por falta de poder demostrarlo también con el papel, pierden oportunidades brillantes. Y eso, que no se engañen, también ocurrirá con la aplicación del decreto de marras. Raros serán los empleadores que darán a un bachiller el puesto para el que también se presenta un profesional titulado con experiencia equivalente.

Implicaciones para los profesionales y para los empleadores

Los que ya son profesionales, entendiendo como tales a los que disponen de título profesional, tienen poco que perder si ya tienen el empleo que les complace. Sin embargo, al buscar empleo enfrentarán más competencia, la que puede interpretarse como desleal.  Asimismo, es posible que se sientan engañados al haber sido motivados a invertir tiempo y dinero en preparar una tesis que era considerada requisito indispensable y que, ahora, se revelaría superflua. En realidad esas son solo percepciones pues, como dicho, el profesional titulado siempre tendrá ventaja sobre el no titulado experimentado.

Para el empleador, inclusive el Gobierno, esa es un arma de doble filo. El título profesional es una evidencia o una prueba, entre otras, de que el candidato a un puesto está calificado. Si al título se suman experiencia y otros grados académicos, la garantía de un buen servicio aumenta a pesar de que, se insiste, esa regla no es infalible. Por otro lado el nuevo dispositivo ofrece al empleador una mayor oferta de candidatos y, eventualmente, poder aprovechar de algún raro talento sin título sin infringir la ley. Eso puede ser particularmente útil si los salarios correspondientes a los puestos no son atractivos para los profesionales titulados.

Implicaciones para los colegios profesionales

Para ejercer la mayoría de las profesiones universitarias es obligatorio que los graduados de las que tienen colegios profesionales estén registrados en estos. Y para registrarse es indispensable poseer un título profesional. Ningún colegio registra bachilleres.

Como muchos han señalado, los colegios profesionales peruanos, unos más otros menos, son pomposas corporaciones de poca utilidad a pesar de contar con recursos económicos. La obligatoriedad de colegiarse para poder ejercer la profesión debería ser una garantía a más de la calidad técnica e idoneidad del profesional, lo que es importante para los usuarios de los servicios de esos profesionales. Pero, como bien se sabe, los colegios apenas refrendan, sin examen meticuloso, los títulos otorgados por las variopintas 140 o más universidades del Perú. Hay países en los que, para otorgar la colegiatura, se exigen exámenes complementarios a veces más difíciles que los que la universidad demandó. Aquí eso solo es exigido para profesionales graduados en el extranjero.

Ocurre además que la ley de cada colegio es poco cumplida y que muchos profesionales titulados o no ejercen sus profesiones para el propio Estado y también para universidades y, obviamente, para el sector privado, sin que se les requiera colegiatura o estar al día en el pago de las cuotas a sus respectivos colegios. Eso varía de un colegio profesional a otro, siendo más estricto para abogados y médicos y menos para otras profesiones. El incumplimiento de las normas se debe a que los empleadores no perciben la ventaja que les brinda la tal colegiatura.  Si los colegios cumplieran plenamente sus funciones la colegiatura sería muy importante para el empleador.

[Ver además -> Santuarios históricos: ¿Qué son? ¿Para qué sirven? / Escribe Marc Dourojeanni]

Una de las funciones principales de los colegios es aplicar seriamente sus códigos de ética profesional e investigar y castigar severa y ostensiblemente las eventuales violaciones. En la mayor parte de los colegios esta delicada pero fundamental obligación es poco observada y se traduce, más bien, en defensa cerrada, casi gremial, de sus afiliados. Es decir, que los colegios que, como visto no garantizan la calidad técnica, tampoco garantizan la idoneidad moral de sus miembros, siendo pues muy limitada su utilidad para el empleador.

Estoy convencido de que los colegios profesionales tiene un rol muy importante a desempeñar en favor del país y que sus defectos anotados, entre otros, pueden ser corregidos. Pero, el dispositivo que transforma bachilleres con diez años de experiencia en “profesionales altamente calificados” es un atentado contra la razón de ser de los colegios profesionales y, en general, contra la calidad profesional.

¿Y el ambiente?

Lo realmente transcendente es el efecto que la decisión tomada tendrá sobre la calidad del servicio público que los profesionales desempeñan desde sus puestos en el Estado. Hablando de la obligación constitucional de brindar un ambiente saludable a todos los ciudadanos,  tarea que requiere de las más diversas profesiones de nivel universitario en tantísimas entidades públicas, la decisión que se discute no augura mejoría. En lugar de exigir a sus funcionarios calificaciones cada vez más altas y mayor especialización, el propio Gobierno abre el camino opuesto rebajando el nivel de exigencia para los servidores.

Si un biólogo o un ingeniero reciben sueldo proporcionalmente mucho más alto que el de un guardaparque o un técnico de laboratorio, debe ser por merecerlo. No bastan cuatro o cinco años de estudios teóricos y diez años de experiencia, más aún porque en general la experiencia de un bachiller no es la que corresponde a la de un profesional titulado, que en principio recibe responsabilidades mayores pues puede suscribir oficialmente sus trabajos.

Es verdad que la banalización del título profesional es culpa, en gran medida, de las deficiencias de la universidad peruana que no sabe estimular los jóvenes a hacer una tesis y que tampoco brinda las facilidades o el apoyo del caso. Y eso a su vez es en gran parte consecuencia del maltrato presupuestal con el que los sucesivos gobiernos golpean a las universidades y, asimismo, del descontrol que ha hecho que las universidades se multipliquen con rapidez cunicular. El resultado, como bien se sabe, es una legión de bachilleres sin título.

Para concluir,  sea como sea y pase lo que pase, es fundamental que los jóvenes candidatos a ser profesionales no se dejen engañar por la nueva “facilidad” que se les brinda. Esa facilidad es una trampa, como antes lo fueron los llamados trabajos profesionales y el examen de suficiencia. Se trata de ventajas mentirosas que les perjudicará mucho si caen en ellas.

 

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* Marc Dourojeanni es Ingeniero Agrónomo, Ingeniero Forestal, Doctor en Ciencias. Profesor Emérito de la Universidad Nacional Agraria de La Molina.

 



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