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[Opinión] ¡Cuidado con las bicicletas en Holanda! / Escribe Marc Dourojeanni

Joven sale en bicicleta, aún con el frac, de la ceremonia de graduación de su doctorado. Foto: Marc Dourojeanni
  • Aunque es un hecho que hay un conflicto creciente entre peatones y turistas, por un lado y los ciclistas por el otro, debe reconocerse que Holanda ha dado otro gran ejemplo al mundo, que se suma a sus logros inigualables en el manejo del agua o en la productividad agropecuaria, entre otros. No cabe comparar los enormes beneficios económicos, ambientales y de salud pública del ciclismo con sus inconvenientes.

 

Escribe Marc Dourojeanni / Profesor Emérito de la Universidad Agraria La Molina

 

Holanda es conocida por las obras maestras de Rembrandt y van Gogh, por su territorio plano, su difícil convivencia con el mar, su historia conturbada que dejó huellas en todo el mundo y sus bellas ciudades. Por eso recibe muchos visitantes que, aunque saben que allí no comerán bien, esperan deleitarse con el carácter bucólico de sus calles al borde de canales con riberas arborizadas. Pero, apenas llegado a ciudades como Ámsterdam, La Haya o Utrecht, los turistas sufren un verdadero choque visual y, a veces, físico que, por cierto, no esperaban. Ocurre que todas esas ciudades y en verdad todo el territorio de Holanda está dominado por una vorágine ciclística que es un peligro duramente real para el visitante y que entorpece su esperado disfrute.

Como bien se sabe, Holanda es el país de las bicicletas. Al parecer hay más de 23 millones de ellas, es decir mucho más que el número de sus habitantes. Las hay por donde uno mire. Obviamente, en las calles, pero también sobre las veredas, dobladas dentro de los trenes, en los estacionamientos y en las casas, donde hasta se las encuentra en las cocinas, confundidas con los utensilios o decorando las paredes como si fueran obras de arte. Es probable que la razón principal de esa proliferación ciclística sea que Holanda es el país más plano de Europa, con parte de su territorio bajo el nivel del mar y un único morro de 321 metros de altura. La otra, aunque la excusa sea la preservación del ambiente, sea el espíritu económico que caracteriza a sus habitantes. Para el visitante desprevenido el culto al ciclismo holandés constituye un gran riesgo de ser atropellado por uno de esos bólidos muchas veces conducidos por robustos ciudadanos y ciudadanas que no se caracterizan por la paciencia.

Las ciudades holandesas son antiguas y por ende las calles de sus centros históricos son estrechas y compartidas con canales y puentes. Aun así, en ellas se disputan el paso los automóviles, camiones y ómnibus enormes; las hordas de ciclistas y motociclistas -además de otros vehículos extraños- y, los peatones, entre estos últimos los turistas. Las vías exclusivas para ciclistas son más anchas que el pasaje, a veces estrechísimo e interrumpido por árboles, donde los caminantes tienen derecho a andar. Pero ese derecho no es exclusivo y es muy común que ciclistas, con razón o sin razón, también circulen y se estacionen allí. La recíproca no es verdad, es decir que si un peatón penetra o cruza la no siempre bien diferenciada vía de ciclistas es altamente probable que sea atropellado o que reciba una sarta de insultos en neerlandés que, no siendo un idioma particularmente melódico, se presta para hacerlos más expresivos. Los peatones holandeses ya saben eso y se cuidan… pero los desinformados turistas que andan distraídos mirando monumentos y casas pintorescas o, peor, tomando fotografías, son víctimas propicias. Al cabo de una hora de caminada por esas calles los turistas, reiteradamente agredidos, llegan a elevados niveles de exasperación y de cansancio y para tranquilizarse y reposar deben detenerse a beber una cerveza. Como recompensa, mientras sorben la cerveza los turistas pueden -por lo menos durante el verano- admirar las piernas de las muchas bellas ciclistas. Y, para ellas, vale mencionar que muchos de los ciclistas son igualmente guapos.

Los ciclistas y motociclistas tienen al parecer derecho a alcanzar una velocidad de hasta 40 kilómetros por hora y muchos de ellos pedalean con una mano en el volante y la otra en el teléfono celular o sosteniendo una botella o un sorbete. Es decir que no tienen toda la capacidad disponible para evitar a los peatones descuidados. Además de bicicletas y motonetas, existen una serie de vehículos eléctricos que son extremamente silenciosos y que tienen derecho a usar esa vía para ciclistas. En horarios pico la densidad de ciclista y motociclistas es abrumadora y, por cierto, se producen incidentes entre ellos, en especial cuando alguno es lento o pedalea en zigzag… peor si bebió demás. El ciclismo no es solo un problema para los peatones. Implica que los automovilistas deben tener extrema cautela para no interferir en las algunas veces no fácilmente distinguibles vías de ciclismo.

El ciclismo en Holanda tiene otras peculiaridades. Muchas carreteras cuentan con vías separadas para bicicletas, con semáforos y controles de tráfico. En zonas muy congestionadas los ciclistas circulan separados del tráfico por túneles y puentes, para garantizar su seguridad y velocidad. En estas vías para bicicletas y en las rotondas hay placas y postes señalizadores, a veces con rutas alternativas. Los carriles y vías para bicicletas tienen las mismas señales de tráfico que las vías para automóviles. Así como se necesitan estacionamientos para automóviles, las bicicletas también precisan de un lugar para ser dejadas en las horas de estudio o trabajo y en las estaciones de tren. Y, de hecho, hay kilómetros cuadrados de áreas para estacionamiento de bicicletas, muchas veces techadas. Quien escribe debió caminar por dos cuadras bajo la lluvia mientras que una interminable fila de bicicletas estacionadas estaba bajo techo, sobre la vereda. No hay duda de que, en Holanda, el peatón no tiene prioridad. También el ciclismo reveló otro hecho inesperado en ese país… ¡hay ladrones de bicicleta! Apenas en Ámsterdam se roban unas 60 mil bicicletas por año, lo que es considerado una nota de interés turístico. Al parecer eso no es visto como un crimen serio. Asimismo, es evidente que no todos los ciclistas respetan las restricciones que la ley les impone, a pesar de que son muy pocas. Así como los ciclistas deben ser protegidos de los automovilistas, los peatones en Holanda deberían ser mejor protegidos de los ciclistas.

Vista parcial de un estacionamiento exclusivo para bicicletas en Ámsterdam. Foto: Marc Dourojeanni

Todo indica que el Gobierno de Holanda está incentivando aún más el uso de bicicletas. Una noticia del año pasado decía que el gobierno invertirá 390 millones de dólares en infraestructura de ciclismo para, en tres años, tener 200 mil personas más utilizando las bicicletas. Se abrirían 15 rutas como “autopistas ciclistas” y se crearían 25 mil estacionamientos nuevos además de mejorar facilidades de almacenamiento de esos vehículos. No solo eso. También se otorgaría un crédito de impuesto por kilómetro a las empresas cuyos empleados opten por ese vehículo. Es decir que el turismo en el futuro solo podrá hacerse montado en una bicicleta.

Aunque es un hecho que hay un conflicto creciente entre peatones y turistas, por un lado y los ciclistas por el otro, debe reconocerse que Holanda ha dado otro gran ejemplo al mundo, que se suma a sus logros inigualables en el manejo del agua o en la productividad agropecuaria, entre otros. No cabe comparar los enormes beneficios económicos, ambientales y de salud pública del ciclismo con sus inconvenientes. Países como el Perú tienen muchísimo que aprender de Holanda en este tema, como en otros. Apenas se insiste en que los turistas tengan cuidado cuando pisen las calles de las viejas ciudades de ese país.

 



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