Nuestra diversidad debería ser un punto de encuentro

  • «La Política Nacional de Pueblos Indígenas u Originarios puede ser una oportunidad para empezar a unir un país que durante mucho tiempo ha vivido fragmentado, sin reconocer plenamente el valor de su propia diversidad».

viernes

8 de mayo, 2026

Foto: Diego Pérez / SPDA

Escribe: Silvana Baldovino* / Directora de Biodiversidad y Pueblos Indígenas de la SPDA

Hablar de elecciones, en un país como el nuestro, es profundamente complejo. Nuestros procesos electorales suelen estar rodeados de sombras recurrentes: corrupción, negligencia, incompetencia o acusaciones de fraude; luego acumulamos vacancias, denuncias penales, y hasta terminamos encarcelando presidentes; y lo más grave es que nos hemos acostumbrado a ello, sin darnos cuenta de que los cimientos de nuestra democracia se siguen debilitando.

“El Perú camina en piloto automático”, “las instituciones están divorciadas”, “somos varios países en uno”, esos son los mensajes que escuchamos en cada elección, cada cinco años, pero ¿realmente no podemos hacer nada para cambiar esta realidad? ¿No existe salida? ¿No hay una fórmula para mejorar? Yo creo que sí. Si todo estuviera perdido, el país se habría hundido hace mucho tiempo. El piloto automático simplemente se habría apagado. Pero seguimos aquí.

No necesitamos inventar nuevas fórmulas. Necesitamos volver a mirarnos como país, reconocer nuestras diferencias y encontrar en ellas nuestro mayor potencial. Somos un país pluricultural y multilingüe. Y si muchas veces sentimos que somos “varios países en uno”, es precisamente porque aún no reconocemos plenamente nuestra diversidad cultural, nuestra riqueza étnica y el enorme valor que aportan la Amazonía, los Andes y la costa a la construcción de nuestra identidad común.

Hace poco se aprobó la Política Nacional de Pueblos Indígenas u Originarios al 2040, un instrumento que marca un paso importante en ese camino. La política reconoce que el 25.8 % de la población nacional se autoidentifica como indígena u originaria y que en el Perú se hablan 48 lenguas nativas, posicionando así a la diversidad cultural como parte central de nuestra identidad nacional.

Uno de los aspectos más relevantes de esta política es que reconoce como problema histórico la vulneración estructural de los derechos colectivos de los pueblos indígenas u originarios, una situación ligada a décadas de invisibilización por parte del Estado. Asimismo, identifica brechas críticas relacionadas con pobreza extrema, salud, educación y acceso a derechos fundamentales, y plantea como objetivo que hacia el 2040 podamos construir un Estado verdaderamente intercultural: uno que deje atrás el asistencialismo y avance hacia un enfoque basado en derechos colectivos, reconocimiento y participación real.

Este documento amplía la visión tradicional de lo que significa el territorio para los pueblos indígenas. Ya no lo reduce únicamente a una dimensión física o administrativa, sino que incorpora sus dimensiones culturales, políticas, económicas, ambientales y espirituales, otorgándole una mirada integral.

Por lo tanto, es una herramienta de articulación, planificación y reconocimiento, que visibiliza problemas históricos y propone rutas para enfrentarlos desde un enfoque de derechos colectivos e interculturalidad. Quizá allí radica una de sus mayores fortalezas.

Es importante resaltar que esta política nacional surge de un proceso de construcción participativa, de diálogo y entendimiento construido durante años, en el que se han plasmado conceptos, demandas y visiones que reflejan las necesidades de los pueblos indígenas u originarios a través de sus organizaciones representativas.

Necesitamos conocer este documento, revisarlo, comprender cómo aplicarlo y cómo utilizarlo para enfrentar los problemas estructurales que aún persisten, pero también para entender cómo podemos avanzar como país.

Esta política nacional representa un primer paso -pequeño, pero uno importante- y abre una oportunidad para empezar a unir un país que durante mucho tiempo ha vivido fragmentado, sin reconocer plenamente el valor de su propia diversidad. Tal vez allí esté una de las respuestas que tanto buscamos: entender que nuestra diversidad no es una debilidad, sino una de nuestras mayores fortalezas.

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