Lecciones para el Perú del peor desastre ambiental brasileño
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Foto: emol.com

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Escribe Marc Dourojeanni / Profesor Emérito de la Universidad Nacional Agraria de La Molina  

El Brasil está viviendo una pesadilla que comenzó el 5 de noviembre de 2015 a las 15:30 horas, cuando un dique de relaves mineros (Fundao) se rompió y derramó millones de metros cúbicos de material  en otro reservorio (Santarem), más pequeño, que también se rompió, bruscamente y sin aviso. Sepultó trabajadores que no consiguieron salir de sus camiones y tractores y siguió viaje río abajo como un tsunami que según lo informado fue de 62,000 millones de metros cúbicos que invadió un poblado tras de otro en su curso desbocado. Muertos y desaparecidos especialmente en las primeras localidades afectadas y un millar de damnificados así como muchos miles de afectados a lo largo de más de 500 km del río Doce (Dulce), casi desde su origen hasta el mar, donde un centenar de kilómetros de playas  y decenas de miles de hectáreas del litoral fueron afectados.

Las vidas perdidas y los daños materiales en los centros poblados y granjas arrasadas son apenas una parte pequeña del daño ya producido y del que se mantendrá en las décadas subsiguientes. En efecto, son muchos miles de hectáreas fértiles en el valle del río Doce que no volverán a producir cosecha o sostener animales por mucho tiempo. El abastecimiento de agua potable de las siete ciudades y muchos villorrios dispersos sobre los 500 km del río hasta su desembocadura, incluida algunas muy grandes como  Gobernador Valladares, debió ser interrumpido hasta nuevo aviso y, lo peor, es que el curso superior y medio del río ha sido completamente esterilizado. Nada, vegetal o animal ha sobrevivido, incluyendo la eliminación de unas 80 especies de peces que servían a la alimentación regional. El desastre también ha afectado gravemente varias áreas naturales protegidas incluidas algunas de las más importantes del Minas Gerais. Hasta el litoral, los corales y playas y un área natural protegida marina fueron afectados. El futuro de las poblaciones rurales del valle ha sido comprometido para siempre y sin perspectivas de solución, inclusive si se dispusiera, lo que es improbable, de una cuantiosa reparación civil.

El Brasil se libró bastante bien del escándalo que esa tragedia merecía gracias a otros escándalos más llamativos que dominaron la prensa en esos días y en los subsiguientes. El llamado “petrolón” (la corrupción en la Petrobras), el progreso del “impeachment” de la Presidente Dilma Rousseff, los líos deprimentes en que está metido el Presidente del Congreso de ese país y, para aliviar aún más el problema, se produjo el atentado terrorista de los jihadistas del Estado Islámico en París y más recientemente la COP21, también en esa ciudad, sin olvidar las payasadas del candidato republicano Donald Trump. Pero, en realidad, ese “accidente” no puede ser olvidado. Menos en un país como el Perú que es tan o más minero que el Estado de Minas Gerais del Brasil.

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Ocurre que lo pasó en Mariana, Estado de Minas Gerais, es cualquier cosa menos un accidente. Las investigaciones subsecuentes al evento revelaron una serie de errores, descuidos y responsabilidades total o parcialmente incumplidas especialmente de las empresas involucradas pero también de las autoridades federales y estatales encargadas de licenciar, autorizar y supervisar la operación. Lo cierto es que, aunque procuró esconderse, la principal empresa responsable es la famosa Vale que opera las minas de fierro que generaron esos relaves a través de la Samarco, que tiene una participación de la anglo-australiana BHP Billiton. Hay evidencias de que la Samarco construyó su dique para relaves con la tecnología más barata e insegura disponible, que se conoce por haber generado el 40% de los accidentes de ese tipo en el último siglo. Su sistema de alerta no funcionó y apenas avisaron a algunos de los poblados río abajo usando llamadas telefónicas. Sin embargo, recibió las licencias ambientales debidas por parte de las autoridades que en teoría también la inspeccionan, sin mucho énfasis, anualmente. De hecho, se sabe que en el Estado de Minas Gerais, en el que la minería es actividad tradicional, hay algunas centenas de represas de relaves mineros de las que por lo menos 27 son oficialmente consideradas inestables.

Las reacciones de algunos, en el Brasil, han sido proporcionales al desastre, pero el inmenso poderío económico de la empresa Vale se ha hecho sentir y  ha acallado las protestas. El hecho no repercutió en las primeras planas de los grandes medios, una alta funcionaria de la empresa tuvo el descaro de decir que los relaves fertilizarán las tierras, el fotógrafo más famoso del Brasil salió a defender la empresa (que financia algunas de sus actividades) y varios alcaldes regionales hicieron lo mismo alegando que  la mina es fuente de empleos y renta. Algunos insinuaron que el colapso se debió a pequeños movimientos sísmicos ocurridos poco antes del evento, como si eso no debió haber sido previsto. Lo más absurdo fue un decreto presidencial que calificó el hecho como un “desastre natural”. Apenas la Ministra del Ambiente del Brasil, así como el Ministerio Público, dijeron lo que era cierto.

EN EL PERÚ

El Perú conoce la situación vivida recientemente en Minas Gerais. Por ejemplo, el 25 de junio de 2010 colapsó el dique de relaves de la empresa minera Caudalosa Chica en Angaraes (Huancavelica). Los desechos entraron en el río Escalera y se esparcieron hacia sus afluentes (Huachocolpa, Opamayo y Lircay). Las pérdidas económicas fueron considerables. Muchas veces, en el Perú, esos desastres pasan relativamente desapercibidos pues suelen ser insidiosos en lugar de violentos y espectaculares, pero el daño en esos casos es acumulativo y resulta gravísimo en el mediano y largo plazo, como ocurre, por ejemplo, en los bien conocidos casos de Cerro de Pasco, del Lago de Junín (Chinchaycocha)  o en el mismo Lago Titicaca y en cientos de otros lugares en que canchas de relave de tamaño pequeño o mediano van perdiendo el material que retienen a la vista de todos, sin generar reacción alguna ya que gran parte de la población considera eso “normal”. Hay 8,616 pasivos mineros en el último inventario, de los cuales gran parte son precisamente denuncias por relaves siendo que la abrumadora mayoría no cuentan con estudio de impacto ambiental ni reciben ningún tratamiento. Habría 21 ríos peruanos importantes que están seriamente contaminados por actividades mineras, entre otras, de las que la mayor parte lo son por minería formal y de gran escala.

La gran minería continúa construyendo diques para sus relaves y, probablemente, continúa aplicando el mismo criterio economicista que usó la empresa Samarco en Minas Gerais. La empresa Antamina (Ancash), por ejemplo, se vanagloria de haber construido la mayor presa de relaves (330 millones de metros cúbicos, es decir más de cinco veces mayor que la de la Samarco) a mayor altitud (4,500 m.s.n.m.) en el mundo, la que debe tener 23 años de vida útil. Por coincidencia, Antamina también pertenece en parte (34%) a la misma empresa BHP Billiton  que es co-responsable por el desastre de Minas Gerais. Nada hace pensar que no se tomaron todas las precauciones del caso y que no se llevó en cuenta la violencia característica de los fenómenos sísmicos en el Perú y, asimismo, la incidencia de fenómenos como El Niño o el cambio climático. Pero, para los que viven debajo de los paredones de esa gigantesca presa debe ser muy difícil dormir en paz. Y la intranquilidad perdurará después de que esa presa deje de ser usada y también después del cierre de la mina, cuando nadie más la mantenga.

Los futuros gobernantes del Perú deben asumir seriamente el tema de las implicancias económicas y socioambientales de la minería, tanto de la formal como de la informal o ilegal. Los minerales son necesarios para nuestra economía, como generadores de empleos y, bien usados, son parte de nuestra calidad de vida. Pero nunca debe olvidarse el hecho elemental de que no son renovables. La vida humana, la vida, depende del agua, del aire, del suelo y de las plantas y animales. Pero podemos, sin duda, vivir sin oro y sin plata.



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