El cambio flemático

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Escribe Ramiro Escobar La Cruz / periodista
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Gordon Brown, un hombre de flema inglesa, ha hecho, el pasado lunes 19 de octubre, un llamado de urgencia. Según el Primer Ministro británico, si no se llega a un acuerdo en Copenhague en diciembre, en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima, las consecuencias serán “catastróficas”. Peor aún: no habría, de acuerdo a él, un ‘Plan B’.

¿Copenhague o muerte? Tras años de noticias preocupantes, o incluso alarmistas, uno podría pensar que estamos más frente a un estallido mediático que a un problema real. Solo que es la ciencia la que insiste en que el asunto se agrava. Constantes reportes del Ártico, por ejemplo, dan cuenta de que el hielo allí se está esfuma a un ritmo desatado.

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) ha ido más allá. En los días en que Brown dio su pronóstico sombrío en Londres, durante el Foro de las Grandes Economías Mundiales, los chicos del osito Panda advirtieron que el cambio climático se iría de control en 10 años, si no se recortan drásticamente las emisiones.

¿Quién nos salva ahora, como canta Rubén Blades, en una de sus magníficas canciones? No será el Cielo, sino nosotros mismos. Quizás lo primero, para que el debate sobre el cambio climático no se convierta en una cháchara es asumir que ya no se trata de una mera especulación científica. El calentamiento global ya se cocina a fuego no tan lento.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la entidad más autorizada sobre el tema, afirma que las posibilidades de que el hombre no tenga que ver con el fenómeno son mínimas. Es cierto que hay otras observaciones, que cuestionan el grado en que el homo sapiens ha revuelto el clima. También es cierto que se puede estar exagerando.

Incluso, es cierto que hay una suerte de fiebre, mediática o ambientalista, que atribuye al cambio climático casi todos los estornudos de la Tierra. Aún así, el clamoroso consenso es que estamos en una ruta peligrosa. De allí que las displicentes declaraciones del presidente Alan García, sobre el derretimiento glaciar, sean un tanto delirantes.

De acuerdo a él, “quienes podemos pensar en millones de años, sabemos que eso ha ocurrido seis o siete veces”. Ese tipo de mirada, que mete la cabeza debajo de la Tierra es, justamente, la que puede agravar el problema. Y eso nos permite hacer otro link importante: el tema debe llegar –ya llegó en realidad- a la política por la puerta grande.

No ha habido cumbre reciente en la que el cambio climático no haya estado en agenda (G-8, G-20, ALC-UE, APEC, etc.). Es el gran tema de este siglo. Tiene que ver con la seguridad internacional, con el manejo de los recursos, con las migraciones humanas, con la energía. La geopolítica ya no se puede entender si este factor ambiental y esencial.

Por eso Brown ha entrado en trompo. Y ha dicho lo que ha dicho frente a las grandes economías mundiales, que no por casualidad son las más contaminantes: “una vez que el daño por el aumento de las emisiones sin freno de bióxido de carbono sea irreversible, ningún acuerdo global retroactivo podrá revertir tal situación”. O sea, mañana será tarde.

Pero si la política debe reinventarse, hay otro nivel a donde el tema tiene que aterrizar. Sin responsabilidad ciudadana, no hay cambio posible. Sin cambio personal, lo global naufragará. Muchas políticas públicas, que deberán ser tomadas, pondrán en riesgo nuestras plácidas costumbres. El futuro se juega, en parte, en el alma de la sociedad civil.

Si uno todavía deja hibernando su celular por toda una noche, no ha entendido nada. Si uno no puede abandonar costumbres atávicas, motorizadas o electrónicas, es que el cambio flemático no le ha llegado. Para enfrentar esta “crisis de civilización” -Al Gore dixit- uno tiene que sacudirse, hasta el punto de perder la serenidad, mas no la calma.

En Copenhague se negociará un nuevo Protocolo, que reemplazará al de Kyoto, pero a la vez se tendrán que escuchar las miles de voces que, en todo el mundo, claman por un cambio ante la presunta gravedad de la situación. Gordon Brown, al decirlo con tanta claridad, ha puesto en evidencia que, de pronto, hasta corre riesgo la hora de tomar el té.



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